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Midnight Sun - Creando un nuevo mundo

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Quién soy

 

Marta Ventura

Mi infancia y mi juventud  estuvieron    marcadas por una intensa tendencia al recogimiento y la observación. En aquellos momentos fue para mí una forma de supervivencia, ya que me ayudaba a estar en el mundo sin tener que afrontar todos mis miedos. Podía pasarme horas sumida en ensoñaciones, ausente del mundo. Otras veces, se me iba el tiempo contemplando el cielo, las estrellas o, simplemente, mirando a través de los cristales de una ventana, observando la vida en el exterior.   

Lo que nunca llegué a sospechar es que estas actitudes, que en un principio hubieran podido parecer poco saludables, terminarían forjando en mí cierta habilidad para la   introspección, cosa que resultaría crucial en mi posterior desarrollo interior, y para la observación del mundo y de las gentes que me rodean, lo cual me permitiría sintonizar y empatizar con los sentimientos de aquellas personas que vienen a mí buscando ayuda.

 

Desde que era niña, ya en la escuela, no me pasaba desapercibido el sufrimiento de los demás, y me rebelaba en silencio ante las injusticias que se cometían con otras personas. Sentía grandes deseos de ayudarlas, pero entonces me veía incapaz de ello, debido a mi inercia y a mi falta de coraje. Antes de empezar ayudar a los demás, tendría que aprender a ayudarme a mi misma, tomando las riendas de mi vida y superando mis miedos.

Fueron muchos los años que pasé haciendo un intenso trabajo conmigo misma, conjugado con una vida de esposa trabajadora y madre de 4 hijos.

Mi primer encuentro con la que sería mi mayor y mas fructífera herramienta de trabajo interior tuvo lugar en 1994, cuando una gran amiga de entonces me puso en contacto con el zen y me presentó a la que hoy en día es una de mis Maestras. Por discreción, prefiero no decir su nombre, aunque es una Maestra bien conocida.

Pero, por otra parte, me gustaría recalcar que mi mayor Maestra la encontré finalmente en mi propio interior, y que fue ahí donde pude aprender gran parte de lo que quiero compartir, desde mi determinación y mi opción de vida por poner mi granito de arena para hacer un mundo mejor.

A partir de aquel encuentro con el zen, comenzaron a sucederse cambios en mi vida, cambios que me fueron llevando progresivamente a una completa transformación de mi visión de la vida y a un estado más lúcido de consciencia. 

 

Zazen 

 

Mi primer gran salto tuvo lugar entre 1994 y 1995, cuando abandoné la empresa familiar en la que trabajaba y me puse a estudiar, ya con 3 niños, la carrera de Psicología que abandoné más adelante. Junto con una amiga, fundé un centro de terapias alternativas y gestión emocional en la zona del Montseny (Barcelona), y fue allí donde profundicé en las distintas formas de trabajarse a una misma. Mi encuentro más profundo con los estratos emocionales más recónditos y olvidados lo hice durante los nueve largos meses que estuve trabajando con la Terapia Primal, una técnica ciertamente dura de gestión de las emociones. Aprendí a base de catarsis. No había sesión que no me llevara a lo mas oculto de mi misma para observar lo que había allí. Aprendí a “conocerme” y a descubrirme. Tanto en lo relativo a recursos emocionales como desde un nivel exclusivamente físico, cualquier fórmula para resolver conflictos internos me parecía válida para mi trabajo interior. Tengo un armario lleno de libretas de notas sobre mis reflexiones y descubrimientos que dan fe de ello. Aprendí a utilizar muchísimas herramientas y practiqué con ellas, y comencé a desarrollar mis habilidades para trabajar con los demás.

Junto con mi amiga teníamos la ilusión de poder ofrecer un punto de luz para los que necesitaran reconfortarse. Allí empezó mi trabajo real en favor de un mundo mejor y de apostar por vivir la vida de otra forma. En ese centro se trabajó con muchas dinámicas desde la conexión con la naturaleza y el trabajo corporal pasando por la música, el color, el barro, hasta los sueños y la imaginación activa… Ofrecimos muchos cursos y muy variados y aprendimos también herramientas que trasladábamos a nuestra vida cotidiana sin ningún reparo. Yo aprendí muchas cosas que me han sido de gran utilidad y que fueron modelando mi forma de ver y de vivir el mundo. Trabajábamos con una gran variedad de técnicas corporales y también teníamos espacios par la tertulia, los rituales o simplemente el préstamo de libros para quien lo solicitara. Una vez al día, como mínimo, había un espacio para la meditación.

Mi compañera y yo teníamos infinidad de conversaciones bellas y profundas, que apuntaban a ideales de ayuda a la humanidad. Nos autoproclamábamos inocentemente “cuidadoras de almas”. Ella era una grandísima terapeuta, y me enseñó aspectos valiosísimos para acompañar a las personas. Siempre le estaré agradecida.

Pero mi mayor reto llegó en el año 2001, cuando en un salto al vacío tomé la decisión,  primero, de dejar el centro donde trabajaba y, después, de separarme de mi marido, quedándome prácticamente en la calle, a cargo de mis 4 hijos y con un montón de problemas. Seguía teniendo miedos, pero ahora era capaz de sobreponerme a ellos y hacer lo que en lo más profundo de mi corazón sentía que quería hacer.

 

A orillas del rio

 

Trabajé muy duro en los dos años siguientes a mi separación, tiempo en el que pude comprobar que, manteniendo mi disciplina con la meditación, y con las herramientas adecuadas, podía superar casi cualquier obstáculo. También comprobé entonces la eficacia de los rituales, a los que me sentía atraída de forma natural y que yo misma diseñaba según las circunstancias. En toda aquella empresa por la supervivencia fui desarrollando la confianza en mí misma, y pude comprobar poco a poco que existían en mi un sinfín de posibilidades por descubrir.

En mis esfuerzos por conseguir un empleo con el cual sacar adelante a mis hijos terminé trabajando en una residencia de ancianos: ocho horas diarias de trabajo agotador. Me acuerdo perfectamente del primer día, vestida de blanco, con los guantes de látex, a las 6 de la mañana y completamente alucinada. No había trabajado nunca con ancianos y, ¡Dios! ¡No sabia cómo empezar! Las habitaciones eran oscuras, no tenia ni idea de las patologías de cada anciano (si es que las tenían), no sabía si podían andar o no, ni siquiera sabía si tenían lucidez suficiente como para entenderme. Recuerdo que les pedía perdón interiormente mil veces por mi ignorancia. Pero aprendí poco a poco a estar allí, a conocer a aquellos ancianos, a respetarles, a escucharles. No podía evitar hacer mi trabajo desde la atención más pura (En la práctica del zen lo llamamos samu). El ansia con la que esperaban las pocas visitas que recibían, o las ganas (aunque tuvieran demencia y “no se enteraran”) de salir por la puerta de hierro que les aislaba del mundo exterior, me conmovían profundamente.

Hubo muchas situaciones que me dieron mucho que pensar, como cuando tenía que limpiarle las heces a algún anciano que se hallaba totalmente inconsciente y que ni siquiera podía quejarse por su situación. Aquello me impactaba profundamente, y me hacía comprender el sentido de la compasión.

Pero el cansancio se iba acumulando. Realmente llegué a sentirme exhausta, pues muchos días tenía que empalmar el trabajo en la residencia de ancianos con otro trabajo en un restaurante del que, en ocasiones, salía a las 3 de la madrugada. Otras veces tenía que trabajar los fines de semana en un establecimiento de turismo rural, sirviendo mesas y preparando comidas, y a veces me tocaba trabajar aún más horas, pues había celebraciones de bodas u otro tipo de banquetes.

Mi salud física se deterioró enormemente en aquella época. Estaba cansada, muy cansada. Pero, extrañamente, seguía sin escapárseme nada del mundo emocional que me rodeaba, aunque de algunas cosas tomé consciencia tiempo después de salir de allí. Cada sentimiento de tristeza, de frustración, de soledad, de pena, se me iban adhiriendo sin darme cuenta. Me dolía la situación de todos aquellos ancianos.

Finalmente encontré otro trabajo menos exigente con mis fuerzas, pero mi vida continuó con la determinación de salir adelante, fuera cual fuera el precio. Como ya tenía el Practicioner en Esencias Florales de Bach y ya trabajaba en consulta haciendo masaje terapéutico, decidí completar mi formación con distintas técnicas corporales para poder disponer de más herramientas. Acabé mi diplomatura en Zero Balancing y me formé en quiromasaje, masaje sacro-craneal, drenaje linfático post traumático y reflexoterapia. Más recientemente me interesé en las terapias energéticas, y estuve realizando un curso de medicina nativa americana en Holanda.

 

Grian y yo 

Pero, para entonces, la vida me había hecho uno de los mayores regalos que hubiera podido esperar: el Amor.

Como dirían las mujeres nativas americanas, llegó el «Caminante de Mis Sueños», y llegó cuando ya no lo buscaba. Él me ayudó, desde el cariño y la entrega mas inmensos que he conocido, a experimentar la locura de amar sin condiciones. Se abrió un mundo de descubrimiento mutuo en todas nuestras facetas, con larguísimas conversaciones, con viajes inenarrables, con risas y llantos, y con una pasión desbordante… Vida en estado puro. 

 

Lo más maravilloso del mundo es poder llorar de amor cuando te relacionas con tu amado, te conviertes en uno solo, nada esta fuera de si.

Grian es mi compañero, el hombre con quien comparto mi vida en estos momentos, y no engaño a nadie si confieso que, para mí, ha sido una auténtica bendición.

Otro campo en el que he venido trabajando en los últimos años ha sido el de la energética china, en el que me he formado como instructora de QiGong (Chi kung) durante dos años al cabo de los cuales fui reconocida por la Asociació Catalana de Choy Li Fut, Tai Chi Chuan y Chi Kung.

He estado durante tres años consecutivos dando talleres de la mano de un gran amigo, un enamorado del trabajo con la energía al cual estoy profundamente agradecida y del que he aprendido numerosas facetas del Qigong.

Llevo trabajando como terapeuta corporal desde hace mas de 12 años. Por otra parte, soy practicante de budismo zen desde el año 1994. Autodidacta e investigadora en el campo de las herramientas para la pacificación interior, en la actualidad dirijo talleres de Chi Kung y retiros de meditación y silencio por Cataluña, Valencia y Andalucía. Por otra parte, soy la coordinadora en Cataluña de la ONG Proyecto Ávalon – Iniciativa para una Cultura de Paz  ( www.avalonproject.org).

 

No quiero acabar sin hablar de mi hermana gemela, Anna, que me mostró muchas veces el sendero del coraje, por su complicidad e incondicionalidad y al igual que mi hermana Carmen por su enorme compasión y capacidad de entrega, y de mis grandes Maestros, mis cuatro hijos, David, Mireia, Ànnia y Martí. A través de ellos, y con ellos, he aprendido las mas grandes lecciones de la vida. Son seres por los que siento un enorme amor, respeto y admiración, por los grandes valores que me han transmitido. En ellos he visto compasión, bondad, valentía, humildad, altruismo y determinación. Ellos, como otros muchos jóvenes, están haciendo  un enorme esfuerzo por adaptarse a la realidad que les hemos legado, y sin embargo también están intentando plasmar valores importantes y determinantes a la hora de hacer y fabricar un mundo mejor. Estoy muy agradecida y orgullosa de ellos.  Con mi gemela, Anna

Tampoco quiero olvidar ni transmitir el profundo agradecimiento y respeto que siento por mis padres. En mi padre vi la enorme determinación y carisma que se puede tener cuando se cree firmemente en algo y mi madre es la que me enseñó que más allá de cualquier ideología religiosa todos somos Uno. Ellos me dieron la libertad de elección en mi vida aunque en muchas ocasiones lo interpretara erróneamente y no supiera hacer una buena lectura de lo que eso significaba. Hoy se como persona que soy en este mundo, como madre y como compañera que la libertad de elección es uno de los mayores regalos que te puede dar la vida. Tu gran responsabilidad es saberlo aprovechar.

 

“Te ruego que veas todo lo existente como vacío y te cuides de tomar como real lo inexistente. Se cuidadoso en este mundo de sombras y ecos”.

 

                                                        P'ang Yun, un momento antes de morir

 

 

Todo tiene una razón de ser, todo tiene una lectura. No hay nada fuera de si. Todo está bien.

 

                                                      ¡GRACIAS!